domingo, 5 de febrero de 2017

ASÍ SEA






 ¿En qué se convierte la muerte cuando te das claramente cuenta, de que su opuesto no es la Vida, sino el nacimiento? Se convierte en un acto sagrado. En un momento culminante del Alma, que ha concluido su aprendizaje en una determinada forma física. En un momento de celebración íntima, por entender verdaderamente, que no venimos de ninguna parte ni nos marchamos a ningún lugar, porque siempre permanecemos aquí. En un momento donde las lágrimas son la fragancia del amor, expresándose como una tibia tristeza con un hasta ahora, y nunca con un adiós. Se convierte en la comunión del Yo Soy, sintiendo abiertamente la paz que sobrepasa toda comprensión. 

 La Vida, la Vida no tiene un contrario, porque ella está más allá de los opuestos. Es el ritmo incesante del presente, que cambia de melodía según se le antoje. En su infinitud prístina, declara su majestuosidad transformándose continuamente ¡Qué juego tan sublime el suyo! Ella no tiene rival, ni aliados ni devotos. Ella es lo que es y no le importa que la definan en una ciénaga de conceptos absurdos. Tranquila, pasea su única belleza sobre un lienzo de incontables colores. Una es y el dos, es tan sólo su propio espejo donde risueña se mira "¡Qué bonita soy!" se dice una y otra vez, allá donde encuentra un reflejo "¡Qué misteriosa en mi variedad!" se canturrea a sí misma. La Vida no pretende comprenderse, de este modo, todo se acabaría ¡y ella no tiene ni principio ni fin! Es tan simple, pero tan sobrecogedor, cuando una se da cuenta que nada, nada puede morir jamás. Y por ese mismo motivo lo olvidé, para vivir el instante sublime de recordar mi omnipotente eternidad ¡Qué delicia recordar y qué libertad!

  Aquí está la Vida, dispuesta siempre a experimentarlo todo. El miedo y después el amor, para quedarse en el después, indefinidamente. Aquí está, dispuesta a pisar tierra firme y a absorber cada estímulo que este lugar le proporcione, pero sabiendo muy adentro, que ella pertenece al Cielo. Eso es vivir en paz, nacer y vivir siendo la Vida, para luego morir sin morir nunca. Porque lo más compasivo que le puedes a dar a quien padece una pérdida, es el sentimiento de gratitud hacia lo que ya es, que te acompaña allá donde estés. Y lo más bondadoso que le puedes ofrecer a un moribundo, es tu intrínseca certeza de que nada termina jamás. Presente y despreocupado.

 Descansa en Paz. Esa paz que siempre te ha acompañado.